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Noticia de El Diario Montañes: "Una historia de optimismo"

  • 14/01/13
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Se 'enchufa' cada día desde su casa, ella sola, desde hace doce años, un caso único en Cantabria por tiempo y por independencia.
 
En la pared del 'Séptimo E' hay un folio con algo escrito: «El pesimista sólo ve problemas. El optimista sólo ve soluciones». Lo lee cada día una persona que de cada cuatro frases que pronuncia, en una incluye un «yo he tenido suerte». Y cuesta digerirlo -nunca mejor dicho- al saber que a Beatriz no se le queda en el cuerpo nada de lo que come y que se pasa medio día tirando de un poste, 'enchufada'. Así, día tras día desde hace mucho tiempo. Su caso es único en Cantabria. La alimentación parenteral, una forma de ingerir por vena -«un último recurso cuando no pueden engordarte con nada»-, no es algo extraordinario. Pero su historia sí. Porque ella lo hace sola, en su piso, de forma independiente. Y porque lleva 'enchufándose' a su bolsa de alimento líquido desde hace doce años.
 
«A los quince tuve un quiste en un ovario. Me operaron y me sometieron a radioterapia. Desde aquello el intestino no me funciona bien y padezco una diarrea crónica. Hay días que voy al baño hasta 35 veces. Otros, unas ocho...». Así empieza el relato de Beatriz Toyos. Lo intentó todo. Fue a un médico naturista, probó con la alfalfa... Y, en paralelo, completó las etapas de una vida absolutamente normal. Estudios, trabajo, un periodo de estancia en Inglaterra... «A los 34 se me acabó el fuelle. No podía más». Fue entonces cuando acudió al Servicio de Nutrición de Valdecilla y conoció al doctor Ordóñez. «Me dio su teléfono personal y yo le contesté que no sabía el error que había cometido», bromea. «Yo le decía que él me había dado de comer más que mi padre». En su boca sólo hay palabras de agradecimiento para médicos y enfermeras.
 
Porque todos ellos fueron protagonistas del siguiente paso. En Nutrición lo intentaron con dietas, alimentos hiperproteicos... Pero la diarrea fue a más. «A los 38 años no podía con mi vida. Estuve ingresada en Burgos dos meses y volví a Santander». Ahí empezó con la parenteral. Magdalena Jiménez, la enfermera que mejor conoce su caso, explica cómo fue aquello. Beatriz no podía permanecer en el hospital sólo para alimentarse. «Esto lo tienes que tener de por vida. ¿Lo podrás hacer sola?», le preguntó. «Desde el primer momento dijo que sí». Con toda la ayuda necesaria, pero con independencia.
 
Y así hasta hoy. «Me levanto, hago ejercicios de rehabilitación para ganar masa muscular y me voy a hacer 'la compra'. Ir a por las bolsas a la farmacia de Sierrallana es como decir que voy a la carnicería a por filetes». Come porque tiene hambre, pero no retiene lo que traga. «La comida es algo subjetivo. Podría estar sin comer nada», apunta la profesional. Beatriz vuelve a la broma y completa la frase: «Y porque mi madre me dice que coma. Es una mujer de la posguerra». Teresa, que está al lado, se emociona al oír hablar a su hija.

Los riesgos
Es minuciosa con cada paso. Debe serlo. El riesgo está en la infección del catéter que lleva, ahora, en la subclavia. Porque la vía ha estado en otras partes y le quedan huellas en el pecho y el cuello. «Otros llevan piercings, yo llevo esto. Son heridas de guerra...». Ahora tienen que sedarla cada vez que se la cambian. La piel está endurecida, se pone nerviosa, le duele... Ha aprendido, con mucha ayuda, poco a poco. «Es muy fácil que el catéter se contamine. El primero me duró quince días, pero he tenido algunos que me han durado hasta dos años». Experiencia. Se palpa al ver cómo mide las distancias de sus movimientos en función del cable. Cómo calcula el tiempo que le durará la bolsa. Es su rutina.
 
Doce horas al principio. De diez de la noche a diez de la mañana. Y ahora más, para que su hígado pueda digerirlo mejor. Con malas rachas. Hace bien poco ha estado dos meses ingresada por una infección y pasó sedada una semana. «Estuve muy malita». Pero volvió a salir adelante y anda recuperándose. Otra vez. «Me pongo esto y revivo, aunque la 'batería' me dure un par de horas». Porque Beatriz es vitalista. «A ninguna mente bien organizada le falta sentido del humor», pone en otro folio de su pared. «Mira, esto es lo que hay y la libertad está dentro de uno», explica. Porque tiene proyectos, ha viajado por México y Estados Unidos y se le llenan de luz los ojos cuando enseña la carátula de un corto en el que ha participado. Es actriz de teatro y de cine desde que la parenteral la jubiló de su carrera como maestra. Todo un ejemplo para que otros se atrevan a dar el paso. «Podrían usarlo muchos más. Ganar en calidad de vida», dice la enfermera.
 
«Esto será un teatro», dice de su piso. De hecho, el baño es un camerino. Pasiones. «¿Pero esto no te condiciona?», le preguntan. «Mira, yo no puedo improvisar. He tenido suerte, pero me lo he currado. Esto me tiene presa doce horas al día, pero me da la vida».
 
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